Soledad: la enfermedad mortal de este siglo.

Soledad: la enfermedad mortal de este siglo. Síntoma de un sistema que trabaja para individuos en un mundo comunitario.

Estaba saliendo de mi clase de inglés cuando vi a mis compañeros irse juntos a comer. Llevábamos cuatro meses compartiendo el aula, habíamos interactuado en varias actividades y nos la pasábamos bromeando y riendo durante las clases. Pero al verlos alejarse, me di cuenta de que eran ajenos a mi vida, porque después de cada clase no volvía a saber nada de ellos.

Pensarían que no me importaba crear un vínculo más allá del aula, o que me hacía el difícil para que me invitaran. Pero realmente, en ese momento, al verlos irse juntos, me ganó la vergüenza de pedir algo tan simple como acompañarlos. Llevaba ya un largo tiempo desconectado socialmente, y eso, combinado con que nunca aprendí a relacionarme con otros de forma sana, me hizo sentir una frustración inmensa. Preferí aislarme más, porque sentir vergüenza o necesidad de otros, en ese momento para mí, era sinónimo de debilidad.

Y podríamos decir que sentirnos desconectados del grupo es algo normal que todos llegamos a vivir. Admito que estar solo no es tan malo, pero cuando se prolonga la ausencia de relaciones, es cuando debemos poner atención, porque deja de ser algo externo y controlado a ser algo interno que no siempre se logra controlar. No tenemos que confundir el estar solos con la sensación de soledad, porque el estar solos en la mayoría de casos es a voluntad propia, y forma parte de nuestras vidas. La desconexión social va a ser parte de nuestras vidas, es algo que vamos a experimentar constantemente. Dependiendo de quién seas y en qué momento de tu vida te encuentres, vas a estar solo y puede sentirse bien o mal, lo cual es totalmente normal. ¿Pero qué pasa cuando se viven periodos prolongados solos?

Hay que admitir una cosa. El ser humano depende mucho de la socialización. Esta ha servido para nuestra evolución como especie. Desde nuestra conexión con nuestros padres, nuestro desarrollo en la familia y nuestra participación en la comunidad, todo esto hace que seamos muy dependientes de socializar para sobrevivir, y no hace descabellado pensar que varios mecanismos que evolucionamos sean para desenvolvernos en una sociedad. Las expresiones faciales que son útiles para representar emociones, el lenguaje para comunicarnos con otros, y un extraño mecanismo para nuestros tiempos, el cual nos advierte que llevamos largos periodos solos y necesitamos socializar con otros para sobrevivir. Son una clara señal de que el ser humano es social por naturaleza, y que sentimientos como la soledad son sólo un mecanismo que nos advierte que algo no está bien.

Pero pasa algo con la postmodernidad: está creando sociedades individualistas y egocéntricas. Nos venden la idea de que cada persona tiene la capacidad de construir su propio camino sin ayudas externas, y que las relaciones son meramente herramientas para alcanzar un objetivo. Este siglo ha puesto al yo como el centro de todo, haciéndonos creer que no necesitamos de nadie más que de nosotros mismos para triunfar. La idea del neoliberalismo nos separó de nuestros padres, de nuestras familias y de nuestras comunidades para dejarnos la carga de nuestro desarrollo como personas a nosotros mismos, obligándonos a ser unos homo economicus. Así, el fracaso deja de ser algo sistémico para convertirse en algo personal; la meritocracia ignora las conexiones colectivas, y nuestro desenvolvimiento en la sociedad pasa a ser nuestra total responsabilidad. El sistema ha logrado construir sociedades solitarias, donde se cree que no se necesita de nadie para subsistir y donde el estatus material es el único objetivo de la existencia.

La soledad ha empezado a esparcirse de forma descontrolada en las últimas décadas. La hiperconectividad, en vez de acercarnos, nos ha estado aislando y polarizando de formas gigantescas. Las personas suelen encerrarse en burbujas digitales donde autoalimentan su aislamiento, ya que en ellas se pierde la noción de la humanidad del otro, dejando de lado la verdadera conexión social. El sentimiento de soledad, siendo un mecanismo físico para advertirnos que algo está mal, está empezando a enfermar a la gente física y mentalmente a niveles alarmantes. Al estar todo el tiempo activo, este mecanismo mantiene al individuo que lo padece en un constante modo de supervivencia.

Las sociedades, al mantener comportamientos del pasado, han logrado aislar al hombre como nunca antes lo habíamos visto. El hombre, por tradición, es educado para ser autosuficiente y no necesitar de nadie física ni emocionalmente. Pero el neoliberalismo lo agravó con el sueño materialista de que cada individuo es libre de construir su propio destino a voluntad, sin la necesidad de un entorno. Los niños aprenden que su valor está en qué tan autosuficientes pueden ser. Los adolescentes aprenden que cada uno tiene lo que se merece por su propio mérito. Y a los adultos se les bombardea con que el éxito financiero se puede alcanzar con el suficiente esfuerzo.

Todo esto solo ayuda a que la cultura machista del pasado se perpetúe en la actualidad. El aspiracionismo ha logrado que se mantengan ideas como la del hombre autosuficiente, implacable e inquebrantable, porque para alcanzar ese éxito, cada individuo tiene que estar dispuesto a sacrificar sus relaciones. El sistema aísla a todo aquel que quiere llegar a esa meta; y se pensaría que el aislamiento es exclusivo de quienes persiguen el estatus, pero la cruda realidad es que a aquellos que deciden no aspirar a él, también se les aísla y se les margina.

Esto provoca que muchos hombres comiencen a sentir soledad en sus vidas, tanto los que persiguen el sueño materialista como aquellos que no saben qué hacer con su propia realidad. La falta de educación y empatía hacia sus sentimientos hace que muchos no sepan qué es lo que sienten ni cómo afrontarlo. El gran problema de la educación del hombre es la falta de comprensión de su propio interior; muchos nunca aprenden a nombrar lo que sienten, o a controlarse cuando una emoción los invade. Por eso, no es de extrañar que no sepan diferenciar entre estar solos y sentir soledad, o que sean incapaces de manejar emociones como la tristeza o la frustración de forma sana.

Todo esto da la mezcla perfecta para que el sistema los absorba. El aislamiento, el aspiracionismo y el individualismo hacen que esta crisis cree hombres inestables física y emocionalmente. El resultado es un aumento alarmante de enfermedades relacionadas con el aislamiento y la destrucción de los lazos comunitarios que antes nos brindaban seguridad. Las enfermedades mentales como la depresión, la ansiedad y el estrés aumentan en los hombres de formas nunca antes vistas, dando como resultado que el alza de los suicidios masculinos crezca año tras año. Y, como cereza del pastel, nos queda la polarización y la externalización de estos sentimientos negativos.

La soledad masculina ha provocado que muchos hombres encuentren refugio en discursos de odio. Las ideas extremistas, sin importar que sean conservadoras o progresistas, de derecha o izquierda, capitalistas o comunistas, socialistas o neoliberales, les están prometiendo un falso refugio y seguridad. El machismo sólo niega lo que sienten muchos hombres, al punto de hacerlos externalizar sus emociones con violencia o indiferencia. Y los gurús de la masculinidad son la prueba de la capitalización del problema; estos supuestos guías de lo ‘auténtico’ se aprovechan de individuos incapaces de pedir ayuda o de reconocer sus propios sentimientos, estafándolos y llenándonos de ilusiones.

Aunque podríamos seguir profundizando en el tema, ya tenemos algo claro: este siglo está marcado por la soledad y el individualismo. Y la soledad como sentimiento no es exclusiva de los hombres, sino que afecta a todos los géneros. Pero hay que reconocer que en los hombres suele ser más peligrosa por los sesgos machistas y el estigma social; la falta de contención y herramientas los vuelve susceptibles a decisiones extremas como el suicidio y las ideas radicales. Por lo cual no es un problema de una sola causa, sino que se debe a múltiples factores que hacen que la soledad se mantenga y se multiplique entre los hombres. Esto lo vuelve un conflicto muy difícil de atacar, porque cada hombre es un mundo imposible de simplificar. Por lo tanto, culpar al individuo solo por su género resulta ser una visión muy tajante y de poca profundidad.

Por eso, regresando al principio, ese sentimiento al ver a mis compañeros irse juntos sin mí me provocó malestar. Me hizo pensar que yo tenía un problema y que estaba defectuoso, agravando mi sensación de soledad y resentimiento. Pero con el tiempo pude entender que estaba sesgado por cómo fui criado, lo cual me ayudó a analizar y ser crítico con mis propias conductas dañinas. Esto no significa que me haya vuelto más sociable; solo me ayudó a ver que existen factores internos y externos que a veces me impiden relacionarme de forma sana.

Y quisiera terminar con la idea de que sería ingenuo pensar que con solo comprender sus sentimientos, las vidas de los hombres se resolverán. La triste realidad es que estamos lejos de solucionar el problema, porque muchos nunca van a experimentar sus emociones de forma libre debido a múltiples factores. Por lo cual, solo nos queda como trabajo construir las bases para una masculinidad sana, que deje de glorificar modelos insanos, para que en el futuro el aislamiento no sea la respuesta del hombre para resolver sus problemas o alcanzar sus sueños.

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